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La frase de la que más he aprendido como inversor es todo el mundo tiene un plan hasta que le pegan un puñetazo en la boca. Su autor no es Warren Buffett, sino Mike Tyson. Es Iron Mike, el hombre de hierro, quien nos advierte de lo que le puede pasar a un inversor si va al mercado con el planteamiento equivocado. Tenemos que tomarnos en serio la advertencia de Tyson porque es tan universal como la muerte: nadie se libra. Nuestra naturaleza humana es lo que la convierte en ineludible.

Los humanos amamos el control y huimos de la incertidumbre. Sin embargo, invertir es ir directos hacia ella. Nunca estaremos seguros de nuestras inversiones, nunca anticiparemos su resultado, nunca podremos afirmar que la información que utilizamos es correcta ni su interpretación adecuada. Tanta oscuridad es insoportable para nuestro cerebro neurótico, obsesivo y, al fin y al cabo, superviviente, por lo que éste lucha para sentirse fuera del peligro. Pero ¿cómo puede alcanzar sensación de seguridad en un entorno de incertidumbre? Muy sencillo: haciéndose trampas.

Nuestro cerebro, primero, formula una tesis de inversión. Después, favorece la información que la refuerza y rechaza la que la desmiente, aunque ésta pueda ser más relevante y más cierta. Concluye que, como todos los datos apuntan en la misma dirección, esa debe ser la correcta. Con cada nueva pieza de información concordante nuestra creencia sale reforzada y cada vez nos vamos sintiendo más seguros con ella. No es la información lo que da valor a la tesis de inversión, sino que es la tesis de inversión lo que da valor a la información.

En los mercados, los consensos se forman porque una misma creencia es compartida por la mayor parte de actores. Cuando el consenso sobre una empresa es negativo, se genera un ambiente de preocupación y una predisposición vendedora. Cada pieza de información es interpretada de forma negativa, lo que refuerza aún más la creencia dominante. Mantener las acciones en cartera se vuelve insoportable y algunos venden. Los precios caen cada vez con más velocidad. Esas caídas son interpretadas como la indudable evidencia de que la creencia dominante es cierta, retroalimentando el proceso con mayor fuerza. Así se crean las dinámicas negativas sobre una acción, que empujan a todos los inversores a hacer lo mismo al mismo tiempo: vender. Lo contrario ocurre cuando el sentimiento de mercado es positivo y se produce un consenso de compras mayoritarias.

La ceguera que provocan nuestras creencias hace que los riesgos que asumimos vayan haciéndose menos evidentes y, al mismo tiempo, potencialmente mayores. Cuando confiamos en un determinado escenario, cada vez somos menos exigentes con la información que analizamos. Requerimos pocos argumentos para convencernos de lo que ya estamos convencidos, así que reducimos el tiempo y el rigor de los análisis. Llega un punto en el que nuestro convencimiento es tal que nos cuesta mucho aceptar, incluso considerar, cualquier tipo de información contradictoria. Así es imposible hacer algo imprescindible para sobrevivir en los mercados: replantearse la situación y, si es necesario, cambiar de opinión.

Mientras esté vigente, lo único que existe para nuestro cerebro es su creencia dominante. Sólo cuando ésta fracasa somos capaces de plantearnos otras opciones. A partir de ese momento la nueva información estará totalmente sesgada por la nueva creencia. Nuestro cerebro, buscando esa sensación de mayor seguridad, tratará de acomodarla en el menor tiempo posible y, por ello, los cambios de opinión ocurren de golpe y con una capitulación total a la nueva creencia. Esto explica que los inversores vendamos en mínimos tras aguantar durante meses posiciones perdedoras o que compremos en máximos después de estar fuera de una acción durante toda su subida.

La intoxicación de las creencias nos condena a actuar de manera reactiva y furiosa. Es reactiva porque nuestro cerebro se resiste a aceptar la información que apunta a escenarios discordantes, así que somos incapaces de anticipar sus efectos. Es furiosa porque cuando el cambio es evidente, normalmente cuando ya ha ocurrido, capitulamos ante la nueva realidad cambiando de golpe la creencia dominante. La actividad inversora debería basarse en un análisis dinámico, en una actitud proactiva y en una implementación gradual. Nuestra naturaleza nos lleva a actuar del modo opuesto: análisis estático, actitud reactiva e implementación radical.

La tragedia de la que nos advierte Mike Tyson es que no tenemos escapatoria. Cada cambio de opinión implica reemplazar una creencia dominante por otra, de tal forma que la nueva tendrá la misma influencia sobre nuestro juicio que la anterior. Otra vez aceptaremos únicamente la información concordante y rechazaremos la discordante y otra vez buscaremos desesperada e inadvertidamente una sensación de seguridad. Da igual la posición que adoptemos y los cambios de opinión que tengamos: nuestro cerebro estará atrapado por la creencia de cada momento.

Después de unos años en esta industria, sabemos que nuestros hijos no son los más guapos, por mucho que así lo sintamos; ser inversor no es lo mismo que ser padre. Analizar la cartera con objetividad implica revisarla como si no fuera nuestra. Empezar cada día con un folio en blanco, repasar cada creencia centrados en sus debilidades, buscar el error, perseguirlo y eliminarlo, ocupa el día a día de un inversor. Para invertir es necesario ser un poco menos humanos de lo que somos. Para que esto sea posible debemos utilizar herramientas, técnicas y metodologías que faciliten nuestra robotización y permitan reducir los sesgos creados por nuestras creencias a lo largo de todo el proceso inversor. Cada una de sus etapas, desde la búsqueda de ideas, su análisis, su implementación, su peso en cartera, su control de riesgo y su seguimiento, es susceptible de quedar intoxicada. Todas ellas son el escenario de la batalla entre los instintos humanos y nuestra la necesidad de aplacarlos.

Invertir es difícil porque nuestro cerebro es incapaz de reconocer la realidad tal cual es, a menos que coincida con sus creencias dominantes. Tratará de hacer lo contrario de lo que debería hacer un inversor; tratará de adaptar la realidad a sus creencias, no sus creencias a la realidad. Cada vez que hacemos una inversión ponemos de manifiesto el conflicto que existe entre lo que la realidad es y lo que nos gustaría que fuera. Sólo un hombre de hierro como Iron Mike puede advertir a los inversores del trágico final al que estamos condenados los humanos, por humanos. Si ignoramos a Mike, el puñetazo en la boca está garantizado. Escuchémosle y peguemos nosotros el golpe.

 


Bibliografía

Jervis, R. (2017). Perception and Misperception in International Politics. New Jersey: Princeton University Press.

Kahneman, D. (2015). Pensar rápido, pensar despacio. Debolsilo.